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Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana

Volumen 13 No.1 - 2016

Ángel A. Otero Ojeda: sensible pérdida para la psiquiatría cubana e iberoamericana
Angel A. Otero Ojeda: significant loss for Cuban and Latin American psychiatry

          

    

Dr. Jesús Dueñas Becerra

Socio Honorario Scuola Romana Rorschach

Morir no es verdad, cuando se ha cumplido bien la obra de la vida
José Martí

 


Desde Miami, y a través de Facebook, recibí —en la redacción de Radio Progreso— la triste noticia relacionada con el súbito deceso del doctor Ángel Arturo Otero Ojeda (1940-2016), profesor auxiliar de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, y editor de la Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana. Mala nueva que, posteriormente, me confirmara —vía correo electrónico— el doctor en ciencias Ricardo González Menéndez, profesor consultante del capitalino centro de educación médica superior.

La vida tiene grandes paradojas. Una de ellas es que, desde hace varios años, el doctor Otero (como era conocido en nuestro medio), me estaba pidiendo que escribiera una crónica necrológica dedicada a él, para poder leerla en vida. Yo le decía: doctor, eso no es posible, porque el dolor que uno siente cuando pierde a alguien a quien estima y aprecia deviene la motivación fundamental para sentarse frente al ordenador y evocar los mejores momentos que hemos vivido con la persona que ya no está físicamente entre nosotros.

Eso es, precisamente, lo que ahora trataré de hacer, transido por el dolor de tan irreparable pérdida, pero con la firme convicción de que él podrá leerla desde el espacio infinito, donde estoy seguro duerme el martiano sueño de los justos.

Conocí al doctor Otero cuando todavía era residente de Psiquiatría; especialidad biomédica que cursara en el Hospital Psiquiátrico de La Habana (HPH). El jefe del servicio docente era, en aquel entonces, el profesor, doctor en Ciencias Médicas Carlos Acosta Nodal (1921-2010), un maestro que dejó una huella indeleble en la memoria poética de Ángel Arturo y en la del autor de estas líneas. Ese fue, sin duda alguna, el vínculo afectivo-espiritual que nos uniría durante más de cuatro décadas y que Tanatos (la muerte) ha interrumpido, pero no destruido.

El profesor Otero era muy deferente conmigo. Recuerdo que, unos años antes de que me acogiera a la jubilación por vejez, le sugirió al comandante, doctor Eduardo Bernabé Ordaz (1921-2006), director fundador del HPH, que solicitara mis humildes servicios como corrector de estilo del Glosario Cubano III (GC-III) a la Clasificación Internacional de Enfermedades Mentales. 

El doctor Bernabé Ordaz accedió amablemente a dicha solicitud, y a partir de ahí, nuestra relación profesional y amistosa se tornó mucho más estrecha. Una vez publicado el GC III, me autorizó a escribir la reseña correspondiente, la cual fuera dada a la estampa en un número de la revista mexicana Investigación en Salud (versiones impresa y digital).

Por otra parte, tuvo la inconmensurable gentileza de pedirme la crónica dedicada a la memoria del profesor Acosta Nodal, así como datos generales y específicos relacionados con la historia del Psicoanálisis en la mayor isla de las Antillas, para incluirlos en el volumen Textos clásicos de la psiquiatría latinoamericana. Libro editado —en versiones impresa y digital— por la Asociación Psiquiátrica de América Latina (APAL).

Casi a finales de la primera década del presente siglo, lo designaron editor de la revista del HPH. En consecuencia, se acercó a mí para que continuara al frente de las tres secciones (Páginas de la Historia, Libros e Informaciones), que, históricamente, he atendido en la publicación insignia de dicha institución de salud. Función a la que me he consagrado en cuerpo, mente y alma, y que, a partir de ahora, seguiré desempeñando para honrar su memoria.

El doctor Otero era miembro titular de la Sociedad Cubana de Psiquiatría, así como de sociedades científicas foráneas, a las cuales honrara con su membresía. Fue uno de los principales artífices en lo concerniente a la confección y conducción de los primeros GC; y según me comentó en cierta ocasión, se encontraba enfrascado en la preparación del próximo GC. Su abrupto fallecimiento dejó inconclusa dicha tarea, al igual que otras muchas que se había trazado.

Representó a Cuba en eventos científicos internacionales, donde se destacó por la profesionalidad que lo caracterizara y el enfoque ético-humanista que le imprimiera a cada una de sus ponencias e intervenciones en esos foros.

Hacía solo 48 horas, había establecido contacto por correo electrónico con el profesor Otero ¡Qué lejos estábamos de imaginar, tanto él como yo, que ese sería nuestro último encuentro en el plano terrenal!

En paz descanse, profesor, doctor Ángel A. Otero Ojeda, porque usted escribió —con inmaculada nitidez— su fecunda leyenda profesional y personal en la patria que lo viera nacer, crecer como ser humano y morir en perfecta armonía con su yo