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Rev. Hosp. Psiquiátrico de la Habana 2007, 4(2)

ARTICULOS REVISION

ASPECTOS PSICOSOCIALES Y BIOLÓGICOS DE LA CONDUCTA VIOLENTA

José F. Pérez Milán 1

RESUMEN

La conducta violenta a pesar de no constituir una enfermedad donde el elemento etiológico-biológico desarrolle un papel fundamental es, en sentido social, un problema de salud dada la magnitud del daño, invalidez y muerte que provoca. Su manifestación esencial y más letal es la agresividad, que surge desde la especie como mecanismo de supervivencia, que se ha trasmitido con la herencia antropológica que se ha adaptado a las particularidades de cada sociedad, siendo la dimensión social el fundamental objetivo de atención por los estudiosos del tema. No obstante, el conocimiento biológico del comportamiento agresivo puede aportar soluciones terapéuticas a los contextos explicativos multidisciplinarios que se ocupan de este fenómeno. Existe convergencia entre la modelación animal y la conducta agresiva humana, esta última con muchas más variantes motivacionales y patrones de reacción, en cada uno de los cuales se halla una participación bioquímica y hormonal que actúa en su modulación. Se identifican regiones cerebrales que participan en la integración de esos comportamientos violentos y se menciona la influencia genética, así como se reportan hallazgos imagenológicos que se integran al conocimiento actual del comportamiento agresivo humano.

Exponemos elementos del tema planteando la posibilidad actual de influir a nivel sináptico con perspectivas futuras de investigar las bases fisiopatológicas e identificar factores biológicos predisponentes que posibiliten la intervención a estos niveles biológicos para contribuir a minimizar y corregir con medidas médicas los portadores de disfunciones que inclinen a la conducta agresiva.

Palabras clave: agresividad, violencia, aspectos psicosociales, aspectos biológicos.

INTRODUCCCIÓN

La conducta violenta, por su repercusión social, ha pasado a convertirse de un fenómeno jurídico-criminológico a un problema de salud dada la magnitud del daño, invalidez y muerte que provoca. Es también un fenómeno de nuestros días que deriva fundamentalmente de la dimensión social, tan compleja en situaciones culturales, económicas y políticas que no pueden señalarse causas, sino contextos explicativos.

En las últimas décadas ha surgido gran interés por la violencia como fenómeno integral debido a las estadísticas de fallecidos por suicidios, accidentes u homicidios en correspondencia con los profundos cambios que están ocurriendo en los más diversos tipos de sociedades. Entendiendo por sociedad a una estructura organizativa y no definiéndola como proceso solamente histórico.

El incremento de las muertes violentas es una problemática que se presenta en la casi totalidad de países que reportan sus estadísticas en la Organización Mundial de la Salud (OMS). La mortalidad por esta causa alcanza el tercer lugar en los países desarrollados y en algunos en desarrollo, en los primeros más en relación con eventos accidentales o suicidios.1

En la década del 80-90 se registró un aumento de la criminalidad como tendencia mundial, en especial se duplicaron los delitos violentos. El homicidio en particular, aunque bajó con relación a otros delitos, se incrementó de 3,9 a 5,7 en tasas por 100 000 habitantes.2 En los países desarrollados se incrementaron los crímenes contra la propiedad, en tanto que el aumento de la violencia contra las personas se caracterizó más en los países en desarrollo.

Para mejor valoración de estas cifras y apoyo del planteamiento anterior, debe considerarse que a nivel mundial, pocos países que no estén en guerra civil alcanzan tasas de homicidio superiores a 10 por 10 000 habitantes, así como que el costo de un homicidio en México3 en la década de los 60 era de 449 000 dólares. Los números que resultarían de llevar estas cifras ajustadas al actual valor monetario de la deteriorada situación económica del área con relación al monto total de las decenas de miles de homicidios que ocurren cada año en América Latina avalarían el ya mencionado planteamiento de que la violencia generada por el subdesarrollo es a la vez obstáculo para salir de él.

En relación con los años de vida perdidos potencialmente, se calcula por la OMS que el 15,3 % de los perdidos por los hombres y el 8,2 % por mujeres responden a causas violentas. Para América Latina estas cifras pueden llegar al 20,5 %,4 donde específicamente también el homicidio se acentúa más que en el resto del mundo, aun cuando se estima que existen subregistros en la región.

Nuestro país no escapa a esta situación y aunque la violencia no tiene los orígenes ni los índices de otras sociedades, aparece como fenómeno social que merece atención. En análisis epidemiológico del área5 se refleja el aumento de muertes violentas dentro del total de causas de muertes en Cuba, encontrándose entre los países latinoamericanos en los que la muerte violenta supera al 10 % del total de la mortalidad.4
Estadísticas recientes mantienen esta misma proporción y reflejan que la pérdida de vidas por homicidios aún no clasifica entre las diez primeras causas de muerte del país, no obstante figura en la tercera y quinta plaza en poblaciones entre 10-19 y 15-49 años de edad, respectivamente.5

En Cuba se cuenta con estudios descriptivos que abordan fundamentalmente los factores sociales implicados, los homicidios y los asesinatos,6-8 limitando sus conclusiones a planteamientos de probabilidad en base a estas particularidades sociales, a cuya causalidad directa exclusiva no puede circunscribirse el conocimiento del tema, dejando en la interrogante en qué grado se manifiestan los factores biológicos y psicológicos que se invocan en el origen de la agresión humana.

Con estos alarmantes antecedentes y la aceptación del fenómeno con creciente ascenso, nos proponemos analizar el tema desplazando la atención de su abordaje al contexto médico que también esta llamado a involucrarse y se le exigen resultados y propuestas en el afrontamiento multidisciplinario de este comportamiento. Además de recrear algunos factores psicosociales que de manera universal inducen al fenómeno de la violencia, nuestro interés fundamental es señalar los reportes de anormalidades morfológicas y disfunciones que biológicamente se relacionan con este tipo de conducta como posibles factores de riesgo o diana de actuales y futuros tratamientos preventivos de la conducta agresiva.

DESARROLLO

Los humanos con una correcta concepción del mundo poseen cualidades espirituales, educación y respeto a sí mismos, al prójimo y a la sociedad en que se desarrollan que los hace difícilmente fallar en la elección entre el bien y el mal, sus concepciones filosóficas no les permiten cometer un acto éticamente malo salvo en sujetos cuyas concepciones o patrones los hacen “razonar a su modo” a sabiendas de cómo se debe obrar y lo hacen según su filosofía, al margen de las normas sociales y jurídicas establecidas distinguiéndose esas personalidades por su comportamiento antisocial y su proclividad al delito, pero fuera de esto ¿qué factores o circunstancias sitúan a un sujeto con correctos patrones establecidos a elegir la posibilidad delictiva? Existen múltiples condiciones sociales, psicológicas y biológicas que interrelacionan e impiden al sujeto ponerse por encima de sus posibilidades para evaluar con objetividad las circunstancias, no pudiendo cambiarlas sino que éstas determinan su conducta y acción. El análisis de una conducta inusual como el homicidio siempre requerirá la inclusión del entorno y la problemática inmediata. Sin estas piezas el resto del estudio de un caso pudiera no dar respuesta al por qué de la conducta agresiva. Incluso, las clasificaciones más ortodoxas del biologicismo distinguieron en el delincuente circunstancias, excluyéndolo de sus teorías morfológicas.9

Factores socioculturales relacionados con el nivel de instrucción y cultura de la población, religión, calidad de vida, posibilidad de distribución del tiempo libre, círculo de relaciones dependientes de la ocupación laboral y conducta derivada de este grupo de pertenencia y la constitución familiar que le imprime al sujeto los valores iniciales y fundamentales de comportamiento y conciencia social.

Aunque no aparezca mencionado en la bibliografía citada, debe considerarse a la calidad de la asistencia médica a la víctima sobreviviente de un homicidio en tentativa, como un factor influyente en las cifras de mortalidad por esa causa, quizás explicando en parte algunas diferencias entre países, regiones e incluso variaciones en períodos de tiempo. La asistencia precoz y eficiente a una víctima en peligro de muerte puede ser decisiva para que un caso de agresión física violenta aparezca o no en las estadísticas de mortalidad de un país.

ASPECTOS BIOLÓGICOS

La conducta violenta a pesar de no constituir una enfermedad donde el elemento biológico desempeñe un papel fundamental, se aborda integralmente como fenómeno de trascendencia actual debido a la magnitud del daño, muerte e invalidez que ocasiona y además de analizarlo desde la dimensión socio-psicológica se investigan las causas biológicas que predisponen a un sujeto a iniciar y mantener estos comportamientos con el objetivo de prever con marcadores y atenuar con tratamientos biológicos estos comportamientos.

 La psiquiatría vinculada al desarrollo de las neurociencias es una de las especialidades llamadas a dar explicaciones de este fenómeno, sobre todo en el marco del análisis biológico, por estar entre nuestro objeto de estudio la conducta humana y la corrección de sus desórdenes, entre estos el comportamiento auto y heteroagresivo que deriva de la psicopatología de los trastornos mentales.

La manifestación de la violencia más nociva y letal es la agresividad, que surge desde la especie a través de la filogenia y ha sido transmitida por la herencia como un mecanismo de supervivencia, de selección natural de las especies y que amenaza con ser un mecanismo aniquilador de la misma.

Teniendo en cuenta este origen antropogénico de la conducta agresiva existe una justificación para analizarla en el marco de la condición biológica, existiendo convergencia entre los estudios en modelos animales y la conducta agresiva en el humano, con muchas más variantes sociales que actúan como estímulo, motivación o pauta de reacción, señalando la conducta defensiva ante un peligro potencial acompañada de componente emocional, con reacción de ataque o huida, con cambios somáticos por descarga simpática, a la que llamaremos agresión reactiva, a la que el humano reacciona por peligro, frustración o miedo y es poco reflexiva, y la conducta predadora de destrucción de sujetos de una misma especie por dominancia, territorialidad, obtención de alimentos o competencia sexual: agresividad instrumental, que en el humano responde a la obtención de metas, no es emotiva y está presente la reflexión. Ambas tienen origen biológico diferente.

Las teorías del aprendizaje, que desvían la atención del enfoque biológico puro, enfatizan que la conducta es el resultado de un proceso de acondicionamiento por reforzamiento o imitación. Ello nos lleva a la observación de que las personas pueden adquirir estilos agresivos de conducta, por experiencia directa o al imitar los modelos sociales agresivos.

Watson,10 que basó sus teorías en la experimentación animal postula que el comportamiento humano expresa las experiencias aprendidas o imitadas, enfatizando en este aprendizaje al ambiente, constituyendo un aprendizaje por modelación al observar repetidas conductas. Thorndike11 plantea que el comportamiento está formado por sus consecuencias. Si estas causan satisfacción se refuerzan o se mantienen en el futuro. Si son desagradables, se debilitan y extinguen. Skiner apoyó los postulados de Thorndike. Bandura enfatiza que tanto el aprendizaje como la imitación influyen. Estas teorías restan importancia al factor biológico en el comportamiento violento y dan una concepción mecánica que plantea que el ser humano, cuando comete delitos, lo hace como reflejo de lo que ha aprendido en su ambiente social.

Se reporta relación significativa en sujetos de conducta agresiva que han tenido padres o parientes que los han sometido a fuertes constantes, desmedidos y violentos castigos, tienen historia de abusos sexuales, provienen de familias disfuncionales o ha existido deprivación del afecto materno por abandono familiar en instituciones,12 donde además aprenden a usar la violencia para defenderse, hacerse respetar u obtener objetivos que refuerzan este patrón como medio de supervivencia y éxito. Otra forma de aprendizaje social es por aprendizaje vicario, que consisten en aprender por las experiencias ajenas sin tener que pasar directamente por la experiencia (por ejemplo, lo que vemos en la TV o en el cine).

Esto pudiera estar dado porque el cerebro infantil es vulnerable a cambios. Estímulos psicológicos traumatizantes producen cambios en las conexiones neurales y mutaciones genéticas que acarrean y predisponen a una conducta violenta el resto de la vida.

Durante los primeros años de vida los padres controlan las experiencias infantiles de gratificación o frustración, sirviendo de modelo a imitar. Si los padres usan un castigo agresivo, sirven de modelo agresivo a través de la imitación, la cual es moldeada paralelamente en la interrelación escolar con otros niños agresivos, la literatura, la TV y el cine, que presentan la agresividad como una aceptable y simpática respuesta (Tortugas Ninjas, Power Rangers), reforzando el aprendizaje imitativo inicial del regaño violento y escandaloso que enseña al niño a verlo como forma de conducta aceptable cuando esos comportamientos son criticados y rechazados socialmente.

Se postula que esta influencia comienza a operar desde los primeros años de vida, incluso antes de que el niño domine el lenguaje. Y a los 5 años y según las experiencias tenidas hasta entonces se sabrá si el niño será amable, cuidadoso o agresivo. La mejor forma de saber si un niño es primariamente agresivo es observarlo los primeros años de vida y las condiciones anteriores se relacionan con el debut temprano de la agresividad.

Pero no todos los niños expuestos a maltratos o abusos sexuales desarrollan determinísticamente una conducta agresiva, ni los niños y adolescentes que ven películas de violencia, tienen acceso a armas o provienen de una cultura violenta, son primariamente agresivos. Al parecer hace falta un particular ambiente en una particular biología, esta última constituye para algunos autores12 un importante factor de riesgo para el desarrollo de la violencia.

El mito de la enfermedad mental

Para algunos autores la agresión física contra otras personas pasa necesariamente por la causalidad de una anormalidad mental en el agresor y se mantiene el mito de la enfermedad mental como potencial causa homicida. El vulgo identifica al “loco” como furioso o agresivo. Mucho se habló en otros tiempos de la asimilación entre trastorno (enfermedad, deficiencia) mental severo, violencia y delincuencia, de forma tal que los límites entre insana y perversidad no eran precisos. Esta estrecha relación justificó el confinamiento de enfermos en jaulas y más tarde en manicomios.

Hay estudios que han sugerido una asociación entre cuadros psicóticos o demenciales y violencia, reportándose13 que más del 50 % de todos los pacientes psiquiátricos y aproximadamente el 10 % de los esquizofrénicos presentan conductas violentas que varían desde las amenazas hasta la agresividad dirigida o agitada, los estudios se han caracterizado en general por su debilidad metodológica, investigaciones longitudinales más serias metodológicamente han confirmado la existencia de tales relaciones significativas. Seguimientos longitudinales confirman que los sujetos con trastornos mentales severos presentan un elevado riesgo de delincuencia y más concretamente de delincuencia violenta.14-15

Si bien es cierto que la falta de control, excitación y agresividad del psicótico traen aparejado un riesgo que se asocia con actos de severa violencia (ensañamiento, alevosía), se reportan resultados contradictorios a este planteamiento15,16 al comparar la frecuencia de agresiones entre enfermos con la de la población general y concluyen que las cifras de homicidios dependientes de enfermedades psicóticas no alcanzan niveles socialmente alarmantes, existiendo gran desproporción entre los crímenes atribuidos y la criminalidad de la población general o afecta de disfunciones psíquicas menos graves (trastornos de personalidad, abuso de sustancias).

Indicadores de riesgo adicionales en el diagnóstico de psicosis son: el sexo masculino, comorbilidad con trastornos de personalidad y/o abuso de sustancias, incumplimiento del tratamiento, desfavorable curso de la enfermedad y dificultades en la integración social del paciente. Se señala que el riesgo de violencia en un psicótico no parece disminuir con la edad como en el resto de la población y tiene mayor posibilidad de recidiva.14  También se ha visto en pacientes psicóticos que han cometido actos de agresividad, una proporcional descendencia de hijos con presencia de conducta violenta.15

Hay que señalar que el enajenado puede conocer el carácter reprensible de su conducta aun si el acto está justificado ante sus ojos, como ocurre en delirios sistematizados de las psicosis paranoides. Pero también el alienado no actúa única y exclusivamente bajo los efectos de su psicopatología sino que pasa al acto antisocial por razones comunes a las de otros delincuentes.

Una condición establecida como facilitadora de la conducta violenta es la drogodependencia. Además de los mecanismos sociales de patrones y grupos de pertenencia que los llevan a actuar más agresivamente, desde el punto de vista biológico la agresividad está justificada por la acción desinhibidora del tóxico sobre ciertos impulsos y tendencias y la alteración de conciencia que hacen funcionar al sujeto a niveles subcorticales. La abstinencia, con el deterioro en el centro de recompensa del accumbens y la movilización de noradrenalina, provocan un estado de alerta con facilitación de conducta motora traducida en excitación y agresividad.

Otra vertiente que proporcionan el alcohol y otras drogas como riesgo de violencia, son los cuadros psicóticos desencadenados y producidos por el consumo excesivo y prolongado, con abundante sensopercepción y conducta agresiva, que son justificativos de atención médica por la peligrosidad que detentan.

A pesar de la real peligrosidad de estos cuadros psicopatológicos consecuencia de la ingestión de alcohol y drogas mencionados con anterioridad, no son estos los que más se relacionan con los delitos de violencia. Son los trastornos de personalidad psicopática, impulsiva y sádica los diagnósticos que más incidencia tienen en las estadísticas de crimen violento.

Factores genéticos

Debemos a César Lombroso17 la relación de lo biológico y el crimen y muy particularmente el crimen violento, al describir prototipos predispuestos e identificados con estigmas somáticos (rasgos y medidas del cráneo y la cara así como otras malformaciones corpóreas) del criminal nato, traduciendo la identificación de lesiones o disfunciones que no permitían una adaptación social adecuada o hacían reaccionar al sujeto de manera transgresiva ante estímulos que a otras personas no las conducían al crimen.

Una de las primeras líneas de atención biológica que abrió la orientación típica lombrosiana, factor que le dio históricamente peso a la herencia en la génesis de la conducta delictiva,18 llamando la atención a partir de 1961 fue la relación de la criminalidad con anomalías cromosómicas, vinculando los cariotipos 47 XYY y XXY (Klinefelter) con la delincuencia, fundamentalmente violenta y juvenil.19 Estudios posteriores realizados en grandes muestras de reclusos han demostrado baja incidencia de ambos cariotipos vinculando el 47 XYY con personalidades psicopáticas y que también muchos portadores de esta anomalía no presentan antecedentes de conducta agresiva, negando la explicación de que la violencia depende genéticamente solo de este elemento.

Estudios comparativos de gemelos monocigóticos criados en diferentes medios confirman que aproximadamente el 40 % de los rasgos de personalidad son conferidos a los rasgos genéticos.20

Las posiciones actuales en cuanto a presencia genética en el comportamiento violento postulan que se heredan genes causantes de distorsiones bioquímicas primarias que no desorganizan de modo mantenido la conducta y que tienen su expresión en el temperamento, definiendo el tenor neuroquímico de neurotrasmisores como la serotonina, que se ha visto involucrado en el temperamento violento y que determina desde una leve desviación psicopática por rasgos de impulsividad hasta evidentes trastornos de personalidad antisocial o borderline, o trastornos psiquiátricos definidos por un comportamiento agresivo o suicida.

Estos comportamientos están determinados por formas variantes de genes que codifican enzimas o proteínas que sirven de transportador al neurotrasmisor, como el polimorfismo del gen codificador de la triptófano-hidroxilasa, enzima limitante de la serotonina relacionada con la conducta suicida.21

La variante genética codificadora de la enzima metabolizadora de la MAO está relacionada con el comportamiento violento en sujetos sometidos a estresores sociales, experiencias de maltrato físico, abusos sexuales, deprivación de afecto con sentimientos de rechazo materno durante la infancia con cambio frecuente de cuidadores,22 determinando que no todos los niños maltratados desarrollaron una conducta violenta en edades adultas.

Niños sometidos a maltratos físicos, abuso físico y sexual y deprivación de afecto, que en su adultez presentaron comportamientos violentos coincidieron en un 85 % con baja actividad de la MAO por el polimorfismo funcional y contrastaban con los adultos que fueron también sometidos a las mismas condiciones de maltrato durante su infancia.

La genética relacionada con la conducta violenta se manifiesta también en el déficit de la alcohol-deshidrogenasa para adquirir el hábito alcohólico que actúa como factor condicionador de comportamientos violentos.

Factores neuroquímicos

La investigación neuroquímica y farmacológica demuestra que son múltiples los neurotransmisores que participan en la modulación del comportamiento agresivo, existiendo una convergencia entre los estudios en modelos animales y la investigación en humanos. En los primeros, los diferentes tipos de comportamiento violento tienen diferentes bases bioquímicas, la agresión predatoria, en que el animal destruye sujetos de otra o de su misma especie por dominancia, territorialidad, competencia sexual u obtención de alimentos se vincula con disminución de los niveles de serotonina y GABA y aumento de la dopamina, neurotransmisor facilitador de las conductas agresivas.

La agresividad defensiva ante un peligro actual o potencial y que se acompaña de ansiedad, ataque o huida, se vincula a un aumento del tenor de noradrenalina.

Tanto en el animal como en el humano se destacan los disturbios en la serotonina,12,23 neurotransmisor predominante en los centros de control de la conducta de alimentación, sexo, huida y lucha. El hallazgo más común en sujetos con historia de conducta violenta o impulsiva, incluido el homicidio, es el de niveles significativamente bajos del principal metabolito de la serotonina, el ácido 5-hidroxi-indolacético (HIAA)24 lo que reflejaría una actividad disminuida de los sistemas serotoninérgicos centrales. En algunos de estos estudios la disminución del metabolito de la serotonina se ha encontrado, además, correlacionada cuantitativamente con indicadores psicométricos de agresividad. Del análisis de las características conductuales de los sujetos con niveles bajos de HIAA en el LCR, se ha propuesto que este metabolito podría representar más un marcador de impulsividad que de violencia.25,26 Asimismo, en alcohólicos con síndrome de abstinencia también se observa un descenso de los niveles de HIAA en el líquido cefalorraquídeo (LCR).27,28

Según esta hipótesis, la disminución de actividad serotoninérgica se acompañaría de un déficit del control de impulsos, lo que se traduciría en una mayor probabilidad de comportamientos violentos. Esto, a su vez, está de acuerdo con datos provenientes de la experimentación animal. Diversas investigaciones en las que se provoca depleción encefálica de serotonina durante un período de días tras el tratamiento con p-clorofenilalanina (PCPA), que inhibe selectivamente la triptófano-hidroxilasa y, por tanto, la síntesis de serotonina.  Las respuestas a esta depleción son similares en una serie de animales de laboratorio y comprenden una mayor actividad motora e insomnio.

Género

El género imprime una caracterización masculina a la conducta violenta. Las estadísticas son significativas en el predominio de varones como perpetradores de conducta violenta. La consistencia de diferencias sexuales en el comportamiento agresivo a través de especies y culturas, influidas por el rol social del macho y la subordinación y sometimiento de la mujer, indica la posibilidad de una base hormonal de la agresión. Como los niveles de testosterona del sexo masculino son diez veces más altos que los del femenino, los investigadores han centrado su atención en el papel de los andrógenos en la expresión de la conducta agresiva.

Pues bien, si la testosterona que es responsable de otros caracteres sexuales secundarios, pudiera dar cuenta de la mayor agresividad de los varones; entonces altos niveles de testosterona deberían relacionarse con altos niveles de conducta agresiva. En todos los estudios revisados28,29 no se desprende ninguna evidencia clara sobre la relación directa entre niveles altos de testosterona e incremento del comportamiento agresivo. Esto lleva a pensar que la relación entre hormonas y agresión no sea directa. Es decir, que la testosterona puede influir sobre otras variables y estas a su vez ser las que influyan sobre la conducta agresiva, como por ejemplo, que algunas características de la personalidad o disposiciones personales derivadas del tenor hormonal del sujeto puedan predisponer a la agresión. La dificultad en precisar estas relaciones mediadoras es la que provocaría esta confusión e inconsistencia de los resultados de las investigaciones revisadas.

En varias especies de primates no humanos se han encontrado correlaciones significativas entre los niveles de dominancia, agresión y testosterona, especialmente durante los períodos de formación de grupos sociales nuevos, cuando se están estableciendo jerarquías sociales entre individuos que no se conocían con anterioridad.

El hallazgo más interesante es que los niveles de testosterona, que suelen ser similares en todos los animales antes de la interacción social, se elevan espectacularmente en los vencedores de las peleas y disminuyen en los perdedores. En esta línea podemos situar las fuertes relaciones encontradas entre los andrógenos y conductas relacionadas con la agresión. Así, algunas investigaciones encuentran que la testosterona está relacionada con ciertas características de la personalidad como dominancia, asertividad o ciertos comportamientos que podemos llamar de búsqueda de sensaciones.28,30,31 Entonces entenderíamos la conducta agresiva como consecuencia del nivel de búsqueda de sensaciones o asertividad del individuo. Muy recientemente, se ha encontrado mayores niveles de agresividad física, verbal, indirecta y reactiva en los hombres. Asimismo, conforme avanza la edad disminuyen los niveles de  agresividad física.29

Schalling32 administró una variedad de escalas de personalidad y autoinformes a delincuentes adolescentes. Encontró que el nivel de testosterona estaba significativamente correlacionado con autoinformes de agresión verbal, preferencia por deportes, sociabilidad, extroversión y no conformidad. Concluye que el delincuente adolescente con alto nivel de testosterona es alguien sociable, asertivo y seguro de sí mismo. Y que no está dispuesto a seguir las normas convencionales de comportamiento (no conformidad). De esta forma los altos niveles de testosterona influirían directamente sobre características de la personalidad que a su vez influirían en el comportamiento agresivo.25

Por otra parte, los estrógenos disminuyen la conducta agresiva y competitiva en el género. Existen reportes de que ocurre un mayor por ciento de detenciones en mujeres los días previos a la menstruación, momento en que se produce disminución fisiológica de los niveles de estrógeno.26

Circuito de regulación de la emoción

La emoción y el estilo afectivo en el cerebro humano se regulan por un circuito complejo que procesa, amplifica, atenúa o mantiene la emoción. Este circuito incluye regiones de la corteza prefrontal, corteza cingulada anterior, corteza insular y órbito-frontal junto a regiones límbicas como hipocampo, hipotálamo, striatum y amígdala, estructura crucial en el aprendizaje y asociación de estímulos de recompensa y castigo, vinculada a procesos de memoria y emoción junto a hipocampo y striatum. Cada una de esas estructuras interconectadas juegan un rol en los diferentes aspectos de la regulación de la emoción y las anormalidades en una o más de esas regiones y/o las interconexiones entre ellas se han asociado con fallas de la regulación de la emoción y también con una incrementada propensión a la agresión impulsiva y violencia.27

Hay contribuciones genéticas y medioambientales a la estructura y función de esta circuitería. De hecho, la corteza prefrontal recibe una proyección de fibras serotoninérgicas mayor, que es disfuncional en individuos que muestran violencia impulsiva. Los individuos vulnerables a la regulación defectuosa de emociones negativas están en riesgo para adoptar conductas violentas y agresivas.

Una variedad de evidencias indican que la amígdala es crucial en el aprendizaje y asociación de estímulos de recompensa y castigo, vinculados a procesos de memoria y emoción junto a hipocampo y striatum.33,34 En los estudios de neuroimagen en humanos, la amígdala se activa en respuesta a señales que denotan amenaza (como las señales faciales de miedo),35 así como durante el miedo inducido36 y la vivencia de afectos negativos (por ejemplo, provocados al mirar cuadros desagradables).37 Los pacientes con daño bilateral selectivo de la amígdala tienen una dificultad específica en el reconocimiento de expresiones faciales temerosas.37 Normalmente, la amígdala se activa más fuertemente por las expresiones faciales de miedo que por otras expresiones faciales, incluso por el enojo. En contraste, la intensidad creciente de expresiones faciales de enfado es asociada con la activación aumentada de la corteza órbito-frontal (COF) y la corteza cingulada anterior (CCA).38

Hay resultados que apoyan que las personalidades psicopáticas, una condición psicopatológica que tiene entre sus manifestaciones conductas impulsivas, agresivas, sádicas y temerarias, manifiestan un ''déficit” fisiológico a la respuesta durante la imaginería de miedo, reflejando un deterioro de los procesos asociativos normales para los estímulos simbólicos, en este caso lenguaje, que sugieren afecto. Pacientes con lesiones ventromediales prefrontales (regiones órbito-frontal y mesial frontal baja) tenían bajas respuestas electrotérmicas a los estímulos emocionalmente cargados. Si la baja respuesta electrotérmica refleja la hipofunción de la corteza órbito-frontal (COF), entonces los sujetos portadores de personalidad psicopática exhiben reacciones fisiológicas reducidas frente a los estímulos aversivos.39

En dos estudios de neuroimagen que han intentado inducir enojo específicamente,11, 37 los sujetos normales mostraron la activación aumentada en la COF y la CCA. Estas activaciones normalmente pueden ser parte de una respuesta reguladora automática que controla la intensidad del enojo expresado. En sujetos predispuestos a la agresión y violencia, el aumento de la activación en COF y CCA normalmente observada en las tales condiciones, se atenuaría.

Trastornos cognitivos y hallazgos funcionales

La impulsividad y la violencia están ligadas a deterioro cognitivo, vinculándose a sujetos debutantes de conducta violenta antisocial con déficit visuales y en el lenguaje,39 dificultad en las tareas de cambios en la atención de un estímulo perceptual a otro, e incapacidad de alterar su conducta ante estímulos que tengan significación emocional como el miedo.40 Estos reportes de deterioro cognitivo pueden estar en relación con alteraciones prefrontales vistas en Tomografía de Emisión de Positrones (PET).41En esta investigación se comparó la actividad metabólica de 42 asesinos con la de un número igual de controles, observando que los asesinos presentaban un metabolismo frontal disminuido, sosteniendo la hipótesis de que la corteza prefrontal dañada puede conducir al comportamiento violento. Otro autor reporta reducción del volumen del lóbulo frontal detectado con Resonancia Magnética Funcional (fMRI) en asesinos impulsivos,42vinculándose la agresividad impulsiva, no instrumental, con daño cortical prefrontal.

Otra investigación exploró con fMRI,43sistemas neurales implicados en el procesamiento emocional durante la presentación de una tarea afectivo-verbal en psicópatas criminales, no criminales y controles, reportándose activación no límbica y deficiente activación de localizaciones anatómicas como la amígdala, que en sujetos normales tiene gran actividad hemodinámica, especulándose que el deterioro de esas estructuras límbicas responsables de la atención, aprendizaje y procesamiento de la atención determina el comportamiento psicopático y justifica la dificultad en aprender con la experiencia, la falta de piedad por el mecanismo inhibitorio de la violencia, la poca sensibilidad al dolor y otras manifestaciones clínicas de estos trastornos de la personalidad proclives a la agresividad instrumental.

Se ha detectado conductas de hiperactividad, desadaptación escolar con un paradójico alto nivel intelectual en sujetos violentos, asimismo, el alto por ciento de zurdos entre los comisores de conducta violenta, ha llevado a plantear trastornos en la lateralidad hemisférica con disfunción en el hemisferio dominante de esos sujetos.44

CONCLUSIONES

Las bases neurobiológicas de la conducta violenta recién comienzan a entenderse. Los investigadores han tenido éxito identificando factores biológicos contemplados en hallazgos genéticos, de neuroimagen, funcionamiento autonómico y sistemas de neurotransmisores asociados con la agresión, pero no queda completamente claro el específico rol de estos factores en los comportamientos agresivos patológicos y en la conducta violenta en general. No hay ningún marcador biológico a estas alturas y parece improbable que exista alguna vez una prueba definitiva, pero algunos reportes biológicos relacionados con las estructuras anatómicas y funcionales involucradas en el procesamiento de emociones y cogniciones pueden ser considerados como factores de riesgo para identificar a una persona propensa a la conducta violenta.

Después de esta breve síntesis de factores sociales, psicológicos y biológicos involucrados con la agresión humana, no podemos ver a ninguna dimensión como causa exclusiva de la conducta homicida o asesina sino en dinámica interdependencia, particularizando cada caso con la influencia directa e indirecta de todos y cada uno de estos factores sin dejar en consideración especial el fenómeno social, evitando sin embargo que su exagerada consideración reduzca o transforme la validez etiológica de los comportamientos violentos, solo así, se establecerán de modo científico los indicadores, medidas profilácticas y correctoras, apareciendo entonces la posibilidad real de prevenir estas conductas peligrosas devenidas graves figuras delictivas.

ASPECTS PSYCHO - SOCIAL AND BIOLOGICAL OF THE VIOLENT BEHAVIOR

SUMMARY

The violent behavior in spite of not constituting an illness where the etiologic-biological element develops a fundamental role, it is in social sense a problem of given health the magnitude of the damage, disability and death that it causes. Their essential and more lethal manifestation is the aggressiveness that arises from the species like mechanism of survival that it has been transmitted with the anthropological inheritance that has adapted to the particularities of each society, being the social dimension the fundamental objective of attention for the specialists of the topic. Nevertheless the biological knowledge of the aggressive behavior can contribute therapeutic solutions to the multidisciplinary contexts explanatory that are in charge of this phenomenon. Convergence exists between the animal model and the human aggressive behavior, this last one with many more motivational variants  and reaction patterns, existing for each one of them a biochemical and hormonal participation that acts in its modulation. Cerebral regions are identified that they participate in the integration of those violent behaviors and the genetic influence is mentioned, as well as imagenologic findings is reported that are integrated the current knowledge of the human aggressive behavior. We expose elements of the topic outlining the current possibility to influence to synaptic level with future perspectives of to investigate the physiophatological bases and to identify biological factors predisposing that facilitate the intervention at these levels to contribute to minimize and to correct with medical actions the payees of the dysfunctions that bow to the aggressive behavior.

Key words: aggressiveness, violence, psycho-social aspects, biological aspects.

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1 Especialista de II Grado en Psiquiatría. Hospital Psiquiátrico de La Habana. Profesor Auxiliar. Facultad “General Calixto García”.

 

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